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Por Rafael Cervantes

julio 2020

 

Estamos casi en el quinto mes de la pandemia y como una bola de nieve que baja por una montaña, se va capitalizando la fuerza del cambio que esta situación nos ha regalado. Ya hemos oído un sinnúmero de pronósticos de cuándo acabará (solo para posponerlos y posponerlos), hemos visto cambiar de opinión a muchas autoridades y figuras de poder (que tristemente sin humildad reconocen sus errores), y lo único que en realidad queda claro es que nadie sabe cuándo ni cómo regresaremos a la “nueva normalidad”. Lo que queda claro es que la estrategia ganadora es soltar, soltar, soltar… o como bien lo expone el conocido lema de AA, vivir SÓLO POR HOY.

Interesante que a la “nueva” normalidad se le anteponga este adjetivo, porque en realidad engloba todo lo que funcionará mejor a partir de ahora y hasta que aterricemos. Necesitamos que TODO sea nuevo, y urgentemente desechar conceptos, instituciones, ideologías, herramientas y conductas que si bien fungieron como un pilar o pieza importante en algún momento de la historia de la humanidad, ahora tienen que dejar paso a algo más sencillo y práctico. Urge redefinir en todos los ámbitos conceptos que unifiquen, tiendan puentes y que dejen atrás toda una cantidad de años de concepciones y términos con cargas asociadas que únicamente fomentan la división, y no la unión.

En lo que puedo percibir en mis pacientes, mi proceso y la gente cercana a mí, la pandemia -como si estuviéramos sentados en un teatro que está a punto de comenzar la función-, vino a tumbar sin aviso el telón que teníamos puesto ante el escenario, para que lo podamos ver nuestra realidad TAL CUAL ES. No nos dio tiempo de arreglar para que estuviera listo y bonito el escenario. Estamos viendo el estado real de nuestras relaciones, emociones y circunstancias, sin poder correr a los habituales refugios que nos ayudaban a navegar en la evasión.

Nuestros cuerpos están particularmente comunicativos, sacando achaques, enfermedades y molestias que bien convendría poner atención a lo que nos quieren decir. Hay ya muchas correlaciones emocionales a los malestares físicos que podemos consultar fácilmente en internet. ¿Qué parte del cuerpo/órgano me duele? ¿Qué función realiza? ¿Lado derecho –masculino, racional, papá, estructuras, violencia, enojo, entre otros? ¿Lado izquierdo –femenino, intuitivo, mamá, miedo, tristeza, entre otros?
Estamos todos como si nos hubieran empujado al borde de un precipicio, y ya no hay opción, o nos dejamos derrumbar o pegamos el salto a volar. Se dice fácil… pero la fe nos puede ayudar a seguir a flote. Necesitamos reinventarnos, dejar atrás lo que ya no nos sirva, y como ya dijimos simplificando. Tod@s y cada uno de los grandes maestr@s que vinieron a hacer un cambio profundo, recalcaron de una u otra forma en esencia dos cosas (siempre me he preguntado qué harían si vieran hoy la forma en la que se tergiversó su mensaje…):

  1. Somos responsables del contenido de nuestra realidad, dadas las acciones, palabras y pensamientos que sembramos en el pasado, y que cosechamos en la forma en la que percibimos nuestro mundo hoy.
  2. El amor (por más cursi que se oiga) es la fuerza más poderosa que hay.

La primera es la más difícil de poder interiorizar y poner en práctica. Siempre es más fácil darle la responsabilidad de lo que nos ocurre (bueno o malo) a algún Ser Divino Todopoderoso, a algún Gurú, a algún terapeuta, sustancia o cosa material. Nuestro ego y terquedad se defiende por medio del autoengaño para convencernos de que lo de afuera está mal, y que nosotros no tenemos nada que ver ni hacer.

Es así de sencillo: todo lo bueno, atractivo y bonito que veamos en nuestro mundo, es resultado de la virtud (amar, proteger, cuidar a uno mismo y a “otros”) que hemos sembrado anteriormente con nuestras palabras, pensamientos y acciones. Por otro lado, todo lo malo, desagradable y doloroso que veamos, lo vemos por las semillas no virtuosas (herir, dañar a uno mismo y a “otros”) que sembramos.

Es hora de realmente regocijarnos y agradecernos (¡sí, a nosotros mism@s! por todas las experiencias bonitas y placenteras en nuestra vida, y hacernos responsables de las que no nos gustan, viendo dónde y con quién hago yo lo que veo que no me gusta. Y entonces utilizar tu herramienta preferida que te ayude a estar consciente en el momento presente (orar, meditar, rezar, mantras, ásana, bailar, etc.), para empezar a sembrar lo opuesto. ¡Esa es la parte emocionante de ser los creadores de nuestra realidad! Gandhi lo expresó magistralmente: “conviértete en el cambio que quieres ver en el mundo”.

Ya con el telón bajado queda muy fácil la disyuntiva… y como decimos en México: “o te aclimatas, o te aclichingas”. Para nuestros hermanos de habla hispana de otros países: “ o te aclimatas, o te aclijodes”

 

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