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Tema del mes Adva Yoga

Por Rafael Cervantes

junio 2020

 

“La oscuridad no puede desplazar a la oscuridad; sólo la luz puede hacerlo. El odio no puede desplazar al odio; sólo el amor puede hacerlo”.

Martin Luther King, Jr

 

Hemos hablado ya como la cuarentena ha sido para muchos una oportunidad de volcar la atención hacia dentro y empezar a ordenar nuestra casa (interna y externa), una vez que desaparecieron muchos de los distractores externos habituales. Sin embargo, también ha sido una ocasión en la que como en una olla express, empiezan a guardarse y acumularse muchas de las emociones que no habíamos querido reconocer por estar siempre tan “ocupados”.
Todos tenemos un cuerpo energético, un campo electromagnético que al ser terrícolas, está en resonancia con nuestro planeta Tierra. Este cuerpo, como si fuera un foco, puede disminuir o incrementar su brillo, y depende para eso de otro de nuestros cuerpos: el emocional. Las emociones no las podemos razonar, ni mucho menos controlar en el momento en el que surgen, simplemente las SENTIMOS. Y es en ese sentir en el que podemos purgar este cuerpo de la sobrecarga que tenemos (de preferencia a solas o con algún/a terapeuta). El cuerpo mental, con el cerebro como su órgano asociado, es el que se encarga a través de imágenes auditivas y visuales de programar nuestras ideas, que son las que nos ayudan formar un sistema de creencias con el cual nos relacionamos con los estímulos externos e internos, y que determinan el camino que siguen estas emociones.
Las emociones de alta vibración (amor y sus derivados) hacen que nuestro campo electromagnético brille más. Las emociones de baja vibración (miedo y sus derivados), hacen que se baje la intensidad. Y este campo es el que “empata” e interactúa con los campos de todos a mi alrededor. Las ideas e imágenes a las que expongo mi cerebro, están condicionándolo como un músculo para que aprenda a reaccionar con el contenido que lo alimento: bondad, compasión, sabiduría; o rencor, odio y violencia.
En esta caja de Petri en la que hemos estado inmersos toda esta cuarentena, las emociones están a flor de piel. Estamos viendo una explosión de protestas (ya sea presenciales o virtuales en redes sociales) que están dejando en claro el verdadero estado de nuestras emociones. Es claro que estamos viviendo un cambio profundo en el mundo. La dualidad se está colapsando, y la CONGRUENCIA es la clave para poder amoldarnos más a esta nueva realidad que se está ya afianzando frente a nosotros a pasos cada vez más acelerados. La congruencia entre lo que decimos que pensamos, y lo que actuamos. La congruencia y armonía entre nuestros cuerpos físico, emocional, mental y energético.
Por eso está saliendo a la luz toda la “mugre” en la que estamos inmersos: a nivel social, económico, gubernamental, familiar, de idiosincrasia, de todo lo que no vibra con la congruencia. En medio de todas estas explosiones, es fundamental recordar que somos nosotros -y solamente nosotros de forma individual-, los que somos responsables del contenido de la realidad que vivimos. Es un reflejo de las acciones que yo hice en el pasado. Si dejo que mis emociones de baja vibración me dominen y con esas interactúo con los demás, esa es mi aportación que hago en el colectivo, y si eso hace que empate con las frecuencias bajas de otros, se crea una avalancha que no aporta nada en el agregado de las frecuencias colectivas. En el fondo, el dolor que cargamos y que no hemos podido sanar, une fuerzas con la ignorancia y pensamos que dañar a otros (o a nosotros mismos) es el mejor camino a tomar.
En vista de esto… me gustaría que reflexionáramos si desde este punto de vista vibratorio y de interdependencia, en el agregado suma o resta…
• Si después de la marcha de BLM nos vamos de peda, al antro donde “van viejas bien buenas” y “no dejan entrar putos” (suponiendo que no hay pandemia obvio)…
• Si quiero que me acepten por mi preferencia sexual, pero nunca saldría con un “naco”, “gordo” o “prieto”… ¡sólo “gente bien”!
• Si pido el sándwich vegano, pero “el pendejo de mi marido” y “sus amigos primitivos” siguen comiendo carne porque “no entienden”…
• Si ya no aguanto a mis hijos porque no van a la escuela (¡y tengo que ver cómo los he educado!), pero lo bueno es que ya no me topo con la “golfa divorciada” ni con la “mojigata esa”…
• Si me urge ir de shopping, y la marca de ropa que compro usa mano de obra infantil, o el maquillaje que uso hace pruebas en animales…
• Si uno llega en su coche último modelo (registrado en otro estado para evadir impuestos) a manifestarse contra “el pendejo del presidente”, y otro llega en metro para “callar a los pinches fifís” (esperando que la “victimización” se solucione mágicamente desde afuera)…
Ojo, no estoy diciendo que expresar las ideas esté mal. El mundo grita con desesperación la falta de equidad y hay muchas voces que necesitan ser escuchadas. Simplemente hay recordar que el verdadero activismo se hace con uno mismo en aras de alcanzar esta congruencia: con las acciones, palabras y pensamientos que tengo en cada momento. La lista anterior de incongruencias no tiene final: empezar a apuntar dedos y estar programando la mente con desunión, violencia y apuntando las diferencias, es un camino muy complicado y que no aporta mucho.
Un gran maestro hace 2,000 años lo resumió de forma magistral y simple: “Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”( Juan 8:7). Hagamos votos mejor para que nuestras manifestaciones ensalcen la unión, la armonía y la inclusión de TOD@S.

 

 

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