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Solos, podemos hacer poco. Juntos, demasiado.

Helen Keller

     El Buddha cuando se iluminó enseñó que lo que hacía técnicamente a alguien como “budista” era “tomar refugio”. Es decir, poner su fe y su confianza en algo externo que pudiera ser de ayuda. Y para esto habló de dos tipos de refugio: mundano y extraordinario. Los refugios mundanos nos dan alivio temporal, y eventualmente acaban defraudándonos. Un ejemplo sencillo: si tienes sed y tomas refugio en un vaso de agua, sin duda te dará alivio, pero si sigues tomando más y más agua llegará un momento en el que el vaso de agua comenzará a ser no placentero, y de seguir así terminarás sufriendo. Eso ocurre con cualquier tipo de refugio mundano (comida, sexo, dinero, intoxicantes, etc.).

     Los refugios extraordinarios, al contrario, no te defraudan jamás. En el budismo se toma refugio en tres cosas: (1) El Buddha, entendiéndose como el estado de perfección y liberación que queremos alcanzar (no tanto como la persona histórica en sí ¡ni mucho menos la estatua!) (2) el Dharma, las enseñanzas que nos llevan a ese estado, y (3) la Sangha, o comunidad de personas que comparten ese camino a la liberación.

     El maestro Osho hacía una diferencia interesante entre “vivir solo(a)” (aloneness) y “vivir en soledad” (loneliness). “Vivir solo” es un estado positivo, en el que gozas de la presencia de tu Ser y esa presencia te llena y se irradia al universo, sin tener que necesitar de nadie más. Se disfruta la libertad que acarrea la soledad.

     “Vivir en soledad”, sin embargo, es un estado negativo el que sentimos constantemente que la ausencia de tener o no tener pareja; de no estar cerca de tus amigos, padres o seres queridos, crea un vacío que te hace enfocar en la falta y ausencia de todos ellos, y nos sentimos deprimidos y vacíos. Desde aquí nos sentimos abandonados, tristes y desilusionados por las relaciones que tenemos.

     El Buddha también enseñó en una de sus frases célebres que “deberíamos de volvernos como un faro para nosotros mismos”. En última instancia, toca a cada uno de nosotros desarrollar la capacidad de recorrer y avanzar el camino espiritual de forma individual, sin acompañantes ni mapas.  Nadie puede hacer el trabajo por nosotros. Pero ojo, esto no quiere decir que tengamos que vivir aislados en una cueva y no tener contacto con los demás. Y tampoco quiere decir que tienes que estar siempre rodeado de gente si eres medio grinch…

     Todos en nuestra vida tenemos nuestra sangha, las almas con las que te reencuentras en esta encarnación y con las que puedes ser tú mismo(a); conexiones profundas que pueden tener algún vínculo familiar/sanguíneo o no, y personas que te has topado en muchos medios distintos de tu vida. Pueden ser similares a ti en el exterior, o pueden tener apariencia, edad y profesiones distintas, pero en el corazón hay un puente y un hermoso vínculo que no se destruye. A veces los dejas de ver por meses -o incluso años- y cuando los reencuentras es como si los hubieras visto ayer. Son personas en las que nos podemos recargar, abrir nuestro corazón y confiar nuestros secretos más íntimos, sin sentirnos juzgados ni acosados. Personas que nos aceptan tal y como somos, y que quizás algunas veces no reparen en decirnos nuestras verdades de frente, sin adornos y de forma directa, para que podamos abrir los ojos y ver las cosas desde otra perspectiva.

     Gracias a estas conexiones muchas veces salimos de los baches, seguimos conociéndonos más a profundidad y reconocemos áreas de oportunidad en nuestras vidas. Sabemos que ellos forman un pilar que nos sostiene. Y eso es reconfortante y nos da un apapacho de alma.

     Toma un momento para regocijarte desde el fondo de tu corazón el haberse encontrado una vez más en esta vida (seguro ya la fiesta empezó hace mucho tiempo), y agradecer los momentos compartidos, y las lecciones aprendidas con todos ellos. Date un momento este mes para honrar y homenajear a estas personas que desde la compañía, nos enseñan a VIVIR SOLOS.

Rafael Cervantes, junio 2019

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